Hubo una época en la que me costaba muchísimo despedirme.

El año 2022 no fue fácil para nosotros. En poco tiempo tuvimos que despedirnos de varios de nuestros llamas. Cada uno de ellos tenía su propio carácter, su propia historia y un lugar muy especial en mi corazón. Y cada vez me dolía. No solo porque echaba de menos a los animales, sino también porque la muerte siempre me ha hecho sentir triste e impotente.

En esa época también falleció nuestro perro Balu.

Mi sueño

Una noche tuve un sueño. Estaba sentada en un tren y atravesaba el campo. De repente, Balu, nuestro perro, empezó a correr junto al tren. Con total naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. Algo dentro de mí supo al instante: quería mostrarme algo.

Me bajé en la siguiente parada. Nuestro perro ya me estaba esperando y me llevó a un bosque. Era un lugar precioso. Los árboles eran de un verde intenso, la luz era cálida y todo transmitía paz. Y allí, entre los árboles, estaban.

Nuestras cuatro llamas

Comían hojas, parecían felices y completamente sanas. Sin dolores, sin enfermedades, sin cansancio. Simplemente llamas que hacían lo que más les gusta hacer a las llamas.

Pude acercarme a cada uno de ellos. Pude abrazarlos y despedirme de todos. No a toda prisa, ni con desesperación, sino con amor y gratitud. Por cada momento que pasamos juntos. Por cada mirada curiosa. Por cada paseo. Por todos los recuerdos, grandes y pequeños.

Cuando me desperté, había algo diferente.

Desde que tuve ese sueño, sé adónde van nuestras llamas.

El lugar

Por supuesto, no sé si ese lugar existe de verdad. Quizá solo fuera un sueño. Pero para mí fue algo más. Me dio paz. Me enseñó que el amor no termina con el último aliento y que dejar ir no significa olvidar.

Desde entonces, la muerte ya no me resulta tan difícil de aceptar.

Sé que nuestros animales disfrutan de su vida con nosotros. Sé que tenemos la suerte de poder ofrecerles un hogar maravilloso. Y también sé que, a veces, forma parte de ello dejarles marchar. La vida en este mundo es limitada. Hay enfermedades, hay sufrimiento y, a veces, llega el momento en el que, por amor, tenemos que decir adiós.

Entonces me imagino ese bosque.

Veo los árboles verdes, el silencio apacible y a nuestras llamas, que comen hojas con satisfacción. Sanas, libres y felices.

Y esta idea me ayuda. No solo con nuestros llamas. También con los gatos, los perros y todos los demás animales que nos acompañan a lo largo de la vida y que, tarde o temprano, nos abandonan.

Quizás haya algún lugar al que vayan los lamas.

Y quizá allí nos estén esperando todos los animales a los que hemos querido.

Hasta que nos volvamos a ver algún día.

En memoria de

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