«Resiliencia» es una de esas palabras que hoy en día se oyen por todas partes. Pero, ¿qué significa realmente?
Para mí, la resiliencia no significa ser siempre fuerte ni superar cualquier reto sin esfuerzo. La resiliencia significa, más bien, ser capaz de adaptarse una y otra vez a nuevas situaciones, afrontar los cambios y recuperar fuerzas tras pasar por momentos difíciles.
Tras más de 25 años ocupando puestos de responsabilidad en una empresa mediana, he podido comprobar lo importante que se ha vuelto esta capacidad. Los cambios, las nuevas exigencias y las incertidumbres forman parte hoy en día de la vida cotidiana. Al mismo tiempo, junto con mi marido, he creado el «Oasis de las llamas», un lugar en el que cada día puedo observar lo mucho que podemos aprender de nuestros animales.
Las llamas: serenidad en lugar de estar siempre en estado de alerta
Las llamas tienen una capacidad especial. Son atentas, pero no nerviosas. Perciben lo que les rodea sin reaccionar de inmediato ante cada estímulo.
¿Cuántas veces nos pasa lo mismo a los seres humanos? Una noticia, una cita, un cambio… y ya nuestros pensamientos saltan de un tema a otro.
Las llamas me recuerdan que no tenemos por qué reaccionar ante todo de inmediato. No todos los cambios suponen una amenaza. A veces podemos observar, percibir y solo entonces decidir.
Para mí, esa paz interior es un elemento fundamental de la resiliencia.
Camellos: dosificar las fuerzas en lugar de ir siempre a toda velocidad
Los camellos nunca dejan de fascinarme. No son velocistas, sino maestros de la resistencia.
Nos enseñan algo que, en nuestro mundo tan centrado en el rendimiento, a menudo se pierde de vista: no todos los días tienen que ser días de máximo rendimiento.
Las personas resilientes gestionan sus fuerzas con cuidado. Saben cuándo es el momento de actuar y cuándo es el momento de recargar energías.
Quizás la verdadera fuerza no consista en ir cada vez más rápido, sino en saber dosificar bien los propios recursos.
El burro: poder decir «no»
Los burros tienen mala fama. Sin embargo, son animales extremadamente inteligentes.
No se lanzan a correr solo porque alguien les tire o les empuje. Si algo les parece peligroso, se detienen y evalúan la situación.
Creo que los seres humanos podríamos aprender algo de ello a veces.
La resiliencia también implica saber reconocer los límites. No hay que satisfacer inmediatamente todos los deseos de los demás. No hay que asumir todas las tareas adicionales. No todas las citas son realmente importantes.
A veces, la fortaleza reside en detenerse conscientemente y preguntarse:
¿De verdad este es mi camino?
La regeneración no es una debilidad
A lo largo de mis muchos años de experiencia profesional, he conocido a muchas personas que mostraban un compromiso increíble. A menudo, precisamente los más eficientes eran los que se olvidaban de cuidarse a sí mismos.
Nuestros animales nos enseñan cada día algo diferente. A la actividad le siguen momentos de descanso. Tras el movimiento, llega la relajación. A nadie se le ocurriría criticar a una llama o a un burro por ello.
¿Por qué a los seres humanos nos cuesta tanto hacerlo?
La salud mental y la resiliencia no se consiguen exigiéndonos cada vez más. Se consiguen cuando se mantiene el equilibrio entre la tensión y el descanso.
La naturaleza no conoce el perfeccionismo
Quizá lo más bonito de nuestros animales es que no esperan la perfección.
No se comparan con los demás. No hacen planes con años de antelación. No persiguen una carrera profesional y no definen su valor en función de sus logros.
Y, sin embargo, son perfectos tal y como son.

Muchas de las personas que nos visitan en el «Lama-Oase», situado entre Múnich, Salzburgo y Passau, nos cuentan, tras haber estado en contacto con los animales, que se sienten más tranquilas. No porque, de repente, todos sus problemas hayan desaparecido.
Sino porque se han acordado de que la vida no tiene por qué ser siempre perfecta.
Quizás la resiliencia empiece precisamente ahí.
No está en funcionamiento.
No en la perseverancia.
Sino en la capacidad de volver siempre a uno mismo.
Y a veces basta con recorrer un camino junto a un llama, sentir la fuerza serena de un camello o la sabiduría de un burro. Reserva ya tu Encuentro con camellos.




